Todos los días a la misma hora, cuando después del almuerzo me ataca esa modorra que evidencia mi pasado mendocino, es lo mismo.
El mismo auto, la misma alarma, sonando decenas de minutos. De lunes a viernes. El mismo ciclo de tiiiiiruuuuu-tiiiiiruuuuu y después un iuiuiuiuiuiuiuiuiu. Agudo. Molesto. Insorportable.
He pensado en ir varias veces y tomar diversas medidas. Las más amistosas sugieren dejar un letrero avisando al distraído propietario que revise su auto. Otras, cada vez más tenaces, me visualizan con un mazo con el que rompo los cristales uno a uno, riendo a borbotones, sordo a las sirenas de algún carabinero que obviamente pasará por ahí el momento en el que finalmente la alarma suene cuando tiene que sonar y ni las mejores excusas puedan librarme de unas horas en la comisaría, dando explicaciones inútiles, pero con la satisfacción de alcanzar por un momento, el paraíso del silencio.
Como una prueba de sonido, en el mundo digital, estoy probando cómo es esto de tener un blog, un espacio para hablar, pensar, dialogar y compartir inquietudes sobre la vida y la actualidad.
miércoles, 4 de enero de 2012
viernes, 23 de diciembre de 2011
¿The Clinic o The Cinic?
El martes nos encontramos con unos amigos en el Bar The Clinic. No lo conocía, aunque conozco la revista que me hace reír tanto con sus disparates tendenciosos. Y siemre me quedo con eso, con los chistes de las primeras páginas y los jueguitos de palabra de los pies de página. Las otras notas y reportajes confieso que me dan lata leerlos. Debo ser superficial y solo me gusta reírme de esas cosas triviales.
Pero lo que me hace reír más aún, es esa simpática inconsistencia que hay entre tantos pensadores, periodistas, poetas y mercaderes de la izquierda. Digo, porque la experiencia del Bar The Clinic, es un poco un combo ideológico, pero empaquetado según las leyes del más puro marketing norteamericano que tanto se empeñan en criticar. Como aquel poeta, partidario acérrimo y representante diplomático que tiene tres casas bastante parecidas a los palacetes burgueses de los "cerdos capitalistas".
Sin ir más lejos, igual que cuando uno va a Disney, el merchandising está disponible y nos tienta por todas partes, si reciben tarjeta de crédito en cuotas o Red Compra con esas maquinitas mágicas. Es más, con un poco de suerte, también puede uno tomarse una foto, no con Mickey Mouse, sino con el compañero Salvador Allende. Ya lo decía Kevin Johansen, "McGuevara o CheDonald's..." así es The Clinic.
Para que vea que no me lo inventé, acá está la prueba de mi foto con el "compañero", gracias al gran Gabriel Pacheco.
Pero lo que me hace reír más aún, es esa simpática inconsistencia que hay entre tantos pensadores, periodistas, poetas y mercaderes de la izquierda. Digo, porque la experiencia del Bar The Clinic, es un poco un combo ideológico, pero empaquetado según las leyes del más puro marketing norteamericano que tanto se empeñan en criticar. Como aquel poeta, partidario acérrimo y representante diplomático que tiene tres casas bastante parecidas a los palacetes burgueses de los "cerdos capitalistas".
Sin ir más lejos, igual que cuando uno va a Disney, el merchandising está disponible y nos tienta por todas partes, si reciben tarjeta de crédito en cuotas o Red Compra con esas maquinitas mágicas. Es más, con un poco de suerte, también puede uno tomarse una foto, no con Mickey Mouse, sino con el compañero Salvador Allende. Ya lo decía Kevin Johansen, "McGuevara o CheDonald's..." así es The Clinic.
Para que vea que no me lo inventé, acá está la prueba de mi foto con el "compañero", gracias al gran Gabriel Pacheco.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
las cosas que hay que oír.
resulta que he tenido que estar en sesiones diversas de focus groups. señoras de 35 a 45, que usan productos de belleza. aprendo que hay tres tipos:
- las que usan los productos de nuestro cliente.
- las que no están ni ahí con gastarse 50 dólares.
- las que se gastan 150 dólares.
Escucho de rituales, de mandatos culturales, de la belleza como carta de presentación, de muchas cosas que hablan mujeres entre mujeres y que siempre resultan ser bastante curiosas. A veces sorprendentes, otras predecibles. Siempre intentando indagar en esa compleja maraña que es el mundo de la percepción.
De pronto, el comentario de una de las señoras del grupo de las que se gastan 150 dólares, me hace pensar seriamente en qué tipo de mundo puede uno vivir:
"yo creo que al final, la gente pobre tiene más plata que uno para comprarse estos productos, una tiene que pagar las nanas, el jardinero, el piscinero, y al final la plata se te va en esas cosas en cambio como ellos no necesitan pagar eso, tienen más plata disponible".
¿Cómo tanta incapacidad de mirar mas allá de su nariz? ¿Cómo tanto egoísmo, tanto desparpajo, tanto ensimismamiento, tanto enanismo mental? Definitivamente, mientras exista ese pensamiento, esa incapacidad de ver realmente al otro, las brechas van a ser insalvables...
- las que usan los productos de nuestro cliente.
- las que no están ni ahí con gastarse 50 dólares.
- las que se gastan 150 dólares.
Escucho de rituales, de mandatos culturales, de la belleza como carta de presentación, de muchas cosas que hablan mujeres entre mujeres y que siempre resultan ser bastante curiosas. A veces sorprendentes, otras predecibles. Siempre intentando indagar en esa compleja maraña que es el mundo de la percepción.
De pronto, el comentario de una de las señoras del grupo de las que se gastan 150 dólares, me hace pensar seriamente en qué tipo de mundo puede uno vivir:
"yo creo que al final, la gente pobre tiene más plata que uno para comprarse estos productos, una tiene que pagar las nanas, el jardinero, el piscinero, y al final la plata se te va en esas cosas en cambio como ellos no necesitan pagar eso, tienen más plata disponible".
¿Cómo tanta incapacidad de mirar mas allá de su nariz? ¿Cómo tanto egoísmo, tanto desparpajo, tanto ensimismamiento, tanto enanismo mental? Definitivamente, mientras exista ese pensamiento, esa incapacidad de ver realmente al otro, las brechas van a ser insalvables...
viernes, 11 de noviembre de 2011
esa obsesión con los números y la mística de las fechas.
La humanidad es increíble. Pasan los años, las décadas, los siglos, y seguimos asustándonos con las sombras que proyectamos.
Todo un jaleo con las fechas, como si fueran algo místico, ajeno a nosotros, y no recordamos que fuimos nosotros quienes las creamos, de manera arbitraria.
Que el día de hoy sea 11-11-11, es una decisión PAPAL!!!!!! así es señores, el señor Papa Gregorio XIII fue quien decidió que hoy día fuera el día que es. Ni los astros, ni los números mágicos, ni los elfos del bosque mágico que están cambiando la energía cósmica del universo por un nuevo orden que nos hará a todos más buenos, más espirituales y más vegetarianos.
Además, por qué vamos a creer que un numero nos va a cambiar!? por qué no cambiamos nosotros y punto? siempre esperando que el mundo, el kino, papá noel, el estado y la brujería hagan el trabajo duro que no tenemos ganas de hacer...
somos unos chantas...
Todo un jaleo con las fechas, como si fueran algo místico, ajeno a nosotros, y no recordamos que fuimos nosotros quienes las creamos, de manera arbitraria.
Que el día de hoy sea 11-11-11, es una decisión PAPAL!!!!!! así es señores, el señor Papa Gregorio XIII fue quien decidió que hoy día fuera el día que es. Ni los astros, ni los números mágicos, ni los elfos del bosque mágico que están cambiando la energía cósmica del universo por un nuevo orden que nos hará a todos más buenos, más espirituales y más vegetarianos.
Además, por qué vamos a creer que un numero nos va a cambiar!? por qué no cambiamos nosotros y punto? siempre esperando que el mundo, el kino, papá noel, el estado y la brujería hagan el trabajo duro que no tenemos ganas de hacer...
somos unos chantas...
viernes, 7 de octubre de 2011
Mi pequeña historia con Apple.
Todos han hablado del aporte de Steve Jobs al mundo en general, por eso no creo que valga la pena seguir enunciándolo, a pesar de ser Mac Fan declarado.
Mi pequeño homenaje, es tal vez un poco más modesto, y tiene que ver con la primera vez que yo vi esa manzana mordida.
Era 1984 y yo estaba por cumplir diez años. En la calle Colón, todavía estaba el consultorio de mi pediatra, el Abel Albino.
Como pocas veces, había ido con mi papá. Era invierno y hacía mucho frío. Y cuando salimos, en ese atardecer azul oscuro de las seis y media en Mendoza, los ventanales de un negocio iluminaban la vereda.
Ibamos de la mano, esa mano grande y cuadrada que tiene mi viejo, que es la misma con la que hoy tomo yo la mano de mis hijos. Nos paramos a mirar y entramos. Estaba sobre un escritorio, todavía cuadrado, todavía color té, todavía sin saber de Helveticas o Adobes o jpegs. Y al lado, conectado a un pequeño cable, estaba ese rectangulito con una rueda.
- Mirá -me dijo mi viejo- eso se llama mouse.
Algunos padres llevan sus hijos a pescar, otros los llevan al estadio, o les enseñan cualquier cosa que los marca para siempre. A mí mi viejo me enseño que eso era un mouse, y que el computador era Apple.
Gracias Steve Jobs por ese momento con mi viejo, que tantos años después recuerdo como si fuera hoy.
Mi pequeño homenaje, es tal vez un poco más modesto, y tiene que ver con la primera vez que yo vi esa manzana mordida.
Era 1984 y yo estaba por cumplir diez años. En la calle Colón, todavía estaba el consultorio de mi pediatra, el Abel Albino.
Como pocas veces, había ido con mi papá. Era invierno y hacía mucho frío. Y cuando salimos, en ese atardecer azul oscuro de las seis y media en Mendoza, los ventanales de un negocio iluminaban la vereda.
Ibamos de la mano, esa mano grande y cuadrada que tiene mi viejo, que es la misma con la que hoy tomo yo la mano de mis hijos. Nos paramos a mirar y entramos. Estaba sobre un escritorio, todavía cuadrado, todavía color té, todavía sin saber de Helveticas o Adobes o jpegs. Y al lado, conectado a un pequeño cable, estaba ese rectangulito con una rueda.
- Mirá -me dijo mi viejo- eso se llama mouse.
Algunos padres llevan sus hijos a pescar, otros los llevan al estadio, o les enseñan cualquier cosa que los marca para siempre. A mí mi viejo me enseño que eso era un mouse, y que el computador era Apple.
Gracias Steve Jobs por ese momento con mi viejo, que tantos años después recuerdo como si fuera hoy.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Pobre paco.
No voy a justificarlo, matar alguien nunca va a estar bien. Es condenable. Reprochable. Y claro, hay que pagar las consecuencias. Igual que mentir, igual que ocultar, igual que dañar la imagen de toda una institución, si es que puede dañarse aún más.
Pero hay algo detrás de todo este lío, que no puedo dejar de sentir. En el fondo, el carabinero que mató a Emanuel la semana pasada me da pena. Igual que tantos otros que salen a la calle cada vez, con miedo, con problemas en sus casas, con hijos que también van al colegio, a la Universidad, y a vivir las mismas vidas de nuestros hijos, y se disponen a escuchar nuestros insultos, a protegerse de nuestros piedrazos, a defender cosas que no se cuestionan si tienen ganas de defender. Reciben órdenes, igual que bombas con pintura, que fierrazos y molotovs. Y salen hoy, y van salir mañana.
No quiero pensar ni me interesa hablar del pasado, ni de la represión, ni de los típicos discursos con los que crecí los últimos 30 y tantos años en este lado del mundo. Estoy convencido de que el carabinero que mató a Emanuel, tampoco disparó por ese peso de la historia, como tantos aseguran cada vez que pueden, como si el pasado fuera un fantasma que no se puede dejar atrás.
Yo no soy carabinero. Ni Policía. Solo me puse un uniforme un año cuando hice el servicio militar en Argentina. Pero lo entiendo. No puedo dejar de sentir pena por ese señor, por su familia, por sus hijos. Pienso que en el fondo, todos también ayudamos un poco a matar a Emanuel: los políticos, los gobiernos, los uniformados, los estudiantes, los medios, las marchas, los encapuchados, y fundamentalmente, nuestra incapacidad de evolucionar y de pensar que un piedrazo, una barricada o una bomba de gas lacrimógeno, van a lograr mejores resultados que una conversación.
martes, 23 de agosto de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

