viernes 10 de febrero de 2012

Flaco.

No quiero caer en lo mismo de tantos oportunistas cholulos de las necrológicas. Esos que aparecen siempre cuando el finado todavía está calentito, amigándose y gritando relaciones que posiblemente nunca existieron, pero que es difícil rebatir cuando el que partió ya no está en condiciones de negarlo.

No fui fan, ni seguidor, ni mucho menos. Solo me estremecí con algunas canciones. Me emocioné cuando un pequeño destello de mi limitado entendimiento me dejaba percibir que estaba frente al arte, frente a la poesía, frente a caminos por los que nadie había transitado aún. Cosas por ejemplo como la época de Invisible o de Pescado Rabioso. Canciones como la bengala perdida, o el Anillo del Capitán Beto.

Lo que me pasa es como cuando muere el papá de un amigo. Y querés estar con tu amigo. Y abrazarlo. Porque entendés ese dolor, porque lo sentís, porque lo ves sufrir.

Estos días he visto el dolor de tantos amigos con los que crecí, en esos años maravillosos del CUC. Y he sentido lo mismo ante la muerte de un ser querido. Ese reencuentro de los que son familia, después de años de no verse, de no hablarse, de no saberse, y reaparecer y desempolvar tantos sentimientos y emociones que estaban ahí, guardados en un cajón. Acaso ocultos, pero nunca desvanecidos.

Cuando la partida de alguien genera esos reencuentros, cuando alguien se despierta de la modorra de la adultez, para mirar nuevamente los fundamentos de quien es, ya valió la pena. La tarea está cumplida.

martes 24 de enero de 2012

Julio en Enero

leí hoy, gracias a mi primo, algo de Julio. tres o cuatro párrafos donde habla de la partida de Osita, y el tema de Nicaragua.

Julio y sus palabras. Porque está el castellano que usamos todos, y el mismo, pero que cuando lo usa Julio, es otro diferente. Una combinación que se parece demasiado a la alquimia, que crea entre otras cosas oro.

Julio y sus cuentos. Y el engaño juguetón de estar leyendo de pieles rojas que cabalgan por la estepa y que en un segundo pasan un semáforo en rojo acelerando una motocicleta que vuela por el asfalto.

Julio y sus pronombres. Y el señorío de hablarte de Usted. De hablarle de ti. De hablarnos a mí. De hablarte a nosotros y esos giros así, tan de Julio.

Julio y sus lugares. Las lluvias en Paris, las tardes de calor en Buenos Aires. Los velorios y el veneno de las hormigas. El desierto al norte de la nada y la campiña llena de matorrales, plantas y sí, duendes.

Julio y sus personas. El desfile de Magas, Glendas, Rocamadours, Conejos, trompetistas, cronopios, Lucas, famas, madres, hermanas solteras, fotógrafos, comensales, y de vez en cuando algún perdedor.

Julio y su música. Julio y sus cigarrillos. Julio y sus libros. Julio y sus recortes. Julio y su partida. Julio y el vacío que ya nadie puede llenar.

Julio en enero. Julio en cualquier mes del año. Gracias.

Julio Cortázar, foto tomada el 24-1-2012 de http://2.bp.blogspot.com/_PklogaXiG6Y/R1clc_w1lPI/AAAAAAAADQM/TBGnHKo-c70/s400/cortazar%26cat.jpg

sábado 21 de enero de 2012

El gran hermano somos todos.


El mundo de los realities nos hizo olvidar el significado inicial del Gran Hermano, o vivirlo en carne propia. 

Lo cierto es que cuando Orwell hablaba de ese personaje que todo lo veía y que ponía en evidencia y a la vista de todos las falencias y miserias de los que no cumplían con los códigos de la sociedad del momento, todos nos llenamos de condena, de repulsión antitotalitaria y de un orgulloso sentimiento de amor a la libertad de la sociedad y el tiempo en que nacimos. 

Sin embargo, tengo la sensación que de a poco todos nos hemos ido transformando en El Gran Hermano. Desde hace un tiempo,  todos aportamos orgullosos también con nuestras cámaras, nuestras opiniones en estado puro en las redes sociales, y en cuanto lugar nos de el espacio de opinar, a las reprochables miserias de tanta gente: la señora a quien le editan una entrevista y creemos que es clasista, o la otra que estaciona ocupando dos lugares reservados para discapacitados. Indignación popular, condena social, muerte a su imagen. Digo, no quiero defender acciones que son condenables, pero sí quiero poner en evidencia que, igual que hace dos mil años, seguimos poniendo a la prostituta contra el paredón para apedrearla sin ningún tipo de conmiseración y lo que es peor, sin siquiera estar seguros de cómo son las cosas desde las dos veredas. 

Tengo miedo de la sociedad en la que nos estamos transformando. Tengo miedo pero no porque estacione en lugares para discapacitados, o me interese si las nanas se ponen uniforme o no. Mi miedo es porque sé que me voy a equivocar en algo. En otra cosa. Porque tarde o temprano me voy a tropezar seguramente, como lo harás tu, o como lo hará cualquiera de nosotros que para eso somos humanos. Y ahí estará la cámara de alguien, el blog, el twitter, el foto radar, mirándome desde el panóptico, subiendo mi miseria a la web, para alegría de todo el circo que también me condenará sin conmiseración, transformando mi muerte social en el trending topic del momento. 

Todos somos el gran hermano. Y nos alegramos de serlo. Y asumimos ese rol sin el menor cuestionamiento. Sin le menor duda. Seguros de que nuestros pensamientos son los que valen, los que estamos del lado de "los buenos". Porque pagamos los impuestos, acariciamos a nuestros niños, estacionamos en los lugares correctos, tiramos la basura en el papelero, sonreímos a los desconocidos en el ascensor, elegimos candidatos democráticos y todas esas cosas que nos inflan el pecho de esa sensación de que somos los que hacemos las cosas bien. Y si nos equivocamos, son detalles, cosas mínimas, que no muestran quiénes somos realmente. Por eso tenemos el derecho de seguir alimentando la voracidad del circo romano, de la masa que crucifica, los ojos y conciencia del Gran Hermano.





miércoles 4 de enero de 2012

La alarma del auto

Todos los días a la misma hora, cuando después del almuerzo me ataca esa modorra que evidencia mi pasado mendocino, es lo mismo.

El mismo auto, la misma alarma, sonando decenas de minutos. De lunes a viernes. El mismo ciclo de tiiiiiruuuuu-tiiiiiruuuuu y después un iuiuiuiuiuiuiuiuiu. Agudo. Molesto. Insorportable.

He pensado en ir varias veces y tomar diversas medidas. Las más amistosas sugieren dejar un letrero avisando al distraído propietario que revise su auto. Otras, cada vez más tenaces, me visualizan con un mazo con el que rompo los cristales uno a uno, riendo a borbotones, sordo a las sirenas de algún carabinero que obviamente pasará por ahí el momento en el que finalmente la alarma suene cuando tiene que sonar y ni las mejores excusas puedan librarme de unas horas en la comisaría, dando explicaciones inútiles, pero con la satisfacción de alcanzar por un momento, el paraíso del silencio.

viernes 23 de diciembre de 2011

¿The Clinic o The Cinic?

El martes nos encontramos con unos amigos en el Bar The Clinic. No lo conocía, aunque conozco la revista que me hace reír tanto con sus disparates tendenciosos. Y siemre me quedo con eso, con los chistes de las primeras páginas y los jueguitos de palabra de los pies de página. Las otras notas y reportajes confieso que me dan lata leerlos. Debo ser superficial y solo me gusta reírme de esas cosas triviales.

Pero lo que me hace reír más aún, es esa simpática inconsistencia que hay entre tantos pensadores, periodistas, poetas y mercaderes de la izquierda. Digo, porque la experiencia del Bar The Clinic, es un poco un combo ideológico, pero empaquetado según las leyes del más puro marketing norteamericano que tanto se empeñan en criticar. Como aquel poeta, partidario acérrimo y representante diplomático que tiene tres casas bastante parecidas a los palacetes burgueses de los "cerdos capitalistas".

Sin ir más lejos, igual que cuando uno va a Disney, el merchandising está disponible y nos tienta por todas partes, si reciben tarjeta de crédito en cuotas o Red Compra con esas maquinitas mágicas. Es más, con un poco de suerte, también puede uno tomarse una foto, no con Mickey Mouse, sino con el compañero Salvador Allende. Ya lo decía Kevin Johansen, "McGuevara o CheDonald's..." así es The Clinic.

Para que vea que no me lo inventé, acá está la prueba de mi foto con el "compañero", gracias al gran Gabriel Pacheco.

miércoles 21 de diciembre de 2011

las cosas que hay que oír.

resulta que he tenido que estar en sesiones diversas de focus groups. señoras de 35 a 45, que usan productos de belleza. aprendo que hay tres tipos:

- las que usan los productos de nuestro cliente.
- las que no están ni ahí con gastarse 50 dólares.
- las que se gastan 150 dólares.

Escucho de rituales, de mandatos culturales, de la belleza como carta de presentación, de muchas cosas que hablan mujeres entre mujeres y que siempre resultan ser bastante curiosas. A veces sorprendentes, otras predecibles. Siempre intentando indagar en esa compleja maraña que es el mundo de la percepción.

De pronto, el comentario de una de las señoras del grupo de las que se gastan 150 dólares, me hace pensar seriamente en qué tipo de mundo puede uno vivir:

"yo creo que al final, la gente pobre tiene más plata que uno para comprarse estos productos, una tiene que pagar las nanas, el jardinero, el piscinero, y al final la plata se te va en esas cosas en cambio como ellos no necesitan pagar eso, tienen más plata disponible". 

¿Cómo tanta incapacidad de mirar mas allá de su nariz? ¿Cómo tanto egoísmo, tanto desparpajo, tanto ensimismamiento, tanto enanismo mental? Definitivamente, mientras exista ese pensamiento, esa incapacidad de ver realmente al otro, las brechas van a ser insalvables...

viernes 11 de noviembre de 2011

esa obsesión con los números y la mística de las fechas.

La humanidad es increíble. Pasan los años, las décadas, los siglos, y seguimos asustándonos con las sombras que proyectamos.
Todo un jaleo con las fechas, como si fueran algo místico, ajeno a nosotros, y no recordamos que fuimos nosotros quienes las creamos, de manera arbitraria.
Que el día de hoy sea 11-11-11, es una decisión PAPAL!!!!!! así es señores, el señor Papa Gregorio XIII fue quien decidió que hoy día fuera el día que es. Ni los astros, ni los números mágicos, ni los elfos del bosque mágico que están cambiando la energía cósmica del universo por un nuevo orden que nos hará a todos más buenos, más espirituales y más vegetarianos.
Además, por qué vamos a creer que un numero nos va a cambiar!? por qué no cambiamos nosotros y punto? siempre esperando que el mundo, el kino, papá noel, el estado y la brujería hagan el trabajo duro que no tenemos ganas de hacer...
somos unos chantas...